FANTASMAS UNIVERSALES


 

 

Me duele mi espíritu. Me duele desde que te conocí. Mi valle de flores quedó devastado; lágrimas envenenan las raíces de mi alegría. La felicidad está en mis manos, pero aun así me duele. Qué tiene la noche que se enreda en mi alma; el crepúsculo me tiñe de rojo. Conozco la alborada, pero tengo una serpiente que no deja de morderme.

 

Adónde se quedaron mis inocentes paraísos; qué fue de mi dolor ofrendado. Lloran mis entrañas, no puedo decir que mi cabeza o mis pies, me duele el pecho, el corazón. Dónde están los dioses que no entienden mi silencio; mis delirios claman, pero el viento sólo escucha.

 

Tengo fantasmas universales que me espían desde las sombras; no me quejo, no lloro, sólo pregunto por las promesas de mis dioses. No fueron cuchillos, ni espadas, ni crímenes de seres humanos la causa de mi dolor de inframundo, fueron palabras y dientes invisibles; fueron susurros, murmullos de caracoles de mar con sentimientos salinos. Tengo verdades, destellos de luces, encuentros místicos con las deidades, pero no retoño en la sencilla belleza del paraíso. ¿Han escondido las alimañas el retorno al sol?, ¿los batracios oscurecen la primera primavera? No puede ser más el espanto que mis ondulantes reflexiones.

 

Creo en el ritual que encuentra el camino en espiral hacia donde llegan las volutas de incienso. Creo en ti que acongojas mi origen, mi raíz, mi principio. Un día tuve temores, angustias, miedos, pero tú te encargaste de quemarlos como tatuajes ardientes, sólo quedaron cenizas. De la mano cruzamos el sendero de los muertos; calaveras gritan; húmedos riachuelos enfrían nuestros pies; hay batracios y reptiles por el camino. En lo más denso de la oscuridad nos abrazamos, siento tus labios fríos, tus manos me dan calor.

 

Es una gruta enorme, los murciélagos chillan. Una luz de una piedra tallada de jade apenas alumbra el camino, mi perro sigue las ondulaciones; un jaguar ruge; las inclemencias del tiempo se enfurecen. Vociferan nueve dioses: “El amor no existe”. El eco lo repite. Caen estalactitas por el estruendo; las estalagmitas de vidrio nos hieren. En lo más profundo de lo oscuro no se siente el piso, flotamos: el amor nos guía, ya no hay luz.

 

De pronto del sendero acuoso surge lentamente una estrella, caminamos hacia ella, es el lucero de la mañana. Una planta de maíz con una mazorca plateada nos muestra la salida. Respiramos el otoño, un arco iris brilla; recién ha llovido; las flores que pisamos alivian nuestros pies cansados y sangrantes; mi perro huele la libertad. Te miro como si fuera la primera vez, te beso. Hemos llegado: esta es la tierra del amor. Tú me dueles y tú me conduces al paraíso. El amor que duele eres tú. En tu vientre se ha fecundado la grandiosidad de nuestro amor. Bienvenidos al hogar de la felicidad.