LA FELICIDAD CELESTE

 

A TRAVÉS DEL INFRAMUNDO

 

Por pantanos transparentes y parajes nocturnos de luz morada, Itzamná conduce a su pueblo por caminos en espiral, desde el abismo de profundidad ámbar, hasta la Ceiba de poemas que es como amaneceres y crepúsculos de paz, de luz y amor celeste.

El paso por el reino de Xibalbá, donde están los Señores de la muerte, es un recorrido como de la noche hasta el amanecer.

El Dios jaguar o Itzamná proclama sus poemas sagrados inspirados por los dioses y la muerte retrocede ante él.

Como el jaguar recorre selvas de estalactitas y estalagmitas, abismos en caracol y lechos acuáticos de un trueno incandescente; suspira el pueblo maya como el gruñir del felino; sobre pantanos de néctar y polen van, y los espinos de coral negro y rojo les dejan cicatrices resplandecientes.

Ya casi amanece. Ya se mira la luz primaveral de la Ceiba sagrada: la casa de quetzales y flores, girasoles de topacio y paz del crepúsculo de la tarde. Nuestro destino se acerca. Todo es un árbol de fuego irradiando amor y espíritu de copal, de los dioses, en nuestro corazón; nuestro espíritu se llena de fulgores de palomas de jade en vuelo y de arco iris de ternura. Hemos llegado.

 

 LA GRAN CEIBA DEL CIELO

 

 

La gran Ceiba, el templo de jade primaveral ya se mira en el horizonte, sus raíces yacen sobre estrellas y sus frondosas ramas de soles de jade y de quetzales cobijarán de sombra fresca el hogar donde siempre habremos de reposar.

Aquí será la alegría de todos los días y la claridad de las noches, el lugar de respeto y amor que siempre soñamos. Esta es la eternidad del pueblo maya. La región verde de equinoccios y solsticios perpetuos en la serenidad de las cosas.

 Destellarán las estrellas y el sol será permanente en la turquesa del cielo. Las mariposas arrullarán a los niños y todos estarán en el gozo  permanente. Aquí la jícara de pozole nunca faltará y la muerte será el símbolo del olvido.

La maldad habrá desaparecido y sólo serán las sonrisas de los niños y las mujeres. Los viejos estarán serenos y en meditación, y el trabajo será amarnos cada día más. Este es el palacio sagrado. El final de nuestro destino. Nuestra morada por siempre: la Ceiba de jade primaveral. La fuente de gozo del pueblo maya, el hogar sagrado.

 

LA CEIBA SAGRADA

 

La Ceiba es de inspiración y sentimientos, el espíritu del sol tornado en árbol; su copa resplandece de quetzales de amor, palomas de incienso y arco iris de sonrisas de novias y niños.

Su tronco es nuestro corazón y sus raíces la pureza de nuestra alma. Es el hogar donde vivimos. El palacio celestial de equinoccios fulgurantes de vida por siempre. Es la eternidad donde el amor inspira paz.

Aquí suspiran los espíritus puros de nuestro pueblo, entonan plegarias y ofrendan su dicha a la luz del Dios universal.

No está lejos de nosotros, vive en la felicidad que sentimos. Amanece a los corazones limpios que invocan el nuevo abecedario de palabras selectas y sagradas que vencieron la oscuridad del Dios de la Muerte: Chac Mitum Ahau.

Ah Puch es un glifo olvidado en la atmósfera cristalina de la Ceiba sagrada, que es un hogar de versos y glifos inspirados por la luz.

La Ceiba sagrada es la felicidad eterna que se llama: “Esplendor”. El corazón de paz en nuestro espíritu de ofrenda al cosmos sagrado. En ti vivimos.

 

LA FELICIDAD CELESTE

 

La gloria o la felicidad del cielo es la cumbre de la Ceiba, la esfera celeste del árbol de la vida donde las almas se convierten en la luz del sol, en las estrellas, en el resplandor de la luna. Donde las almas se hacen flores silvestres, miel de los panales, viento manso y agua de la lluvia.

Y los espíritus más puros se convierten en la luz del arco iris, los colores de la alborada, la tranquilidad de las tardes y el mensaje de los pájaros, y cuando llueve en ese dolorcito como una mecha encerada que se enciende y hace que se vuelvan palomas lánguidas los recuerdos y los sentimientos. Los demás se convierten en gotas de lluvia, en lágrimas inocentes y puras que brotan de los ojos del gran Dios.

A la gloria o la felicidad celeste se llega por el dolor con que nacemos y morimos. Nadie está exento y tal vez a algunos les duela más la vida y a otros menos. Los más puros, ya se dijo, se convierten en arco iris, ocasos y melancolía. Los que nunca se dolieron o muy poco serán las lágrimas del otoño.

Los ojos del gran Dios son los Chaques. Uno está en el oriente y el otro en el poniente. Cuando es el tiempo del otoño ambos lloran su dolor en la noche oscura del alma del poniente adónde van los muertos y las cicatrices del alma, las heridas de cada día: las principales son las de amor, aunque todas las demás también aquí se arrodillan.

Cuando el gran Dios está alegre es el tiempo de la primavera y del verano, entonces sus ojos se llenan de esplendores de montes verdes con retoños, flores y cantos de pájaros. Entonces sus ojos ya no se llaman Chaques, sino que tienen nombre de mujer, porque son los espíritus más puros Estos ojos de mujer se llaman entonces Ixchel, que es la luna, la novia y esposa del gran Dios. Ixchel de día es la primavera y de noche la luna. Ixchel son todas las mujeres que puedan existir al murmurar este nombre: Ixchel.

Si le pides al gran Dios también es necesario hacerle ofrenda. Se lo puedes dedicar a los Chaques o a Ixchel que también son el mismo gran Dios, así que no te preocupes de sentirte traicionero o infiel con los sentimientos de tu corazón o con el fervor con que amas y pides.

Pedir no es malo, pero en la medida en que pidas será tu ofrenda: si pides poco da poco, si pides mucho da mucho. Para cosas importantes ofrenda lo más puro que tengas: flores y mechas enceradas, tus lágrimas, tu silencio, tu amor, pero sólo hasta los límites de la paciencia y de la bondad y no de la exigencia obligatoria.

Si pediste y diste tu ofrenda sólo cuéntalo cuando tu corazón te lo diga. Y no esperes nada, sólo continúa con tu camino. En eso consiste la virtud del amor. Y cumple con lo ofrecido.

Si no tienes lágrimas ni amor para ofrecer, da de lo que tengas y si te dolió ofrecerlo es buena ofrenda. A ti te va a doler más cumplir con lo ofrecido. Tú sabes qué hacer.

Este es todo el motivo de la Felicidad: el dolor y la alegría, la primavera y el invierno. Cuando sea el equinoccio del júbilo es porque te lo mereces, pero cuando sea el solsticio del invierno y se te quemen las entrañas y no tengas más lágrimas, recuerda que puedes combatir contra el veneno y al final tú mismo serás una cascabel consciente de tu dolor. Esto es lo que nos enseña el gran Dios y no la cobardía de los traicioneros y los malos porque prefieren la vida fácil antes que el sudor y el dolor del alma.

En la felicidad del cielo te convertirás en colores, fragancias y en plegarias o en la sombra de los demás o la oscuridad de la noche. De todos modos todos son necesarios. El gran Dios no te abandona. Recuerda que la luna tiene el fulgor que contemplamos y también tiene su lado que no vemos y está en sombras. Así en la gloria tú elegirás dónde estar. El gran Dios no te abandona porque también necesitamos del ensueño y que alguien vele nuestras noches, puedes ser tú si así lo quisiste.

En la Felicidad Celeste serás el amanecer, el rocío que es el bálsamo de las virtudes, que podrás derramar a raudales, o la sonrisa de los niños, las novias y las mujeres. O quizás lluvia fresca de otoño para limpiar el alma. Ya lo sabes. Este es el mensaje del gran Dios a su pueblo.

© Sergio Hdez Puga. Todos los Derechos Reservados.