EL CANNABIS


 

 

La marihuana es un enervante, un alucinógeno, un psicotrópico. Su consumo afecta las facultades psíquicas. Los adictos en México son una minoría de 6 millones de consumidores de una población de 110 millones de mexicanos.

 

Quienes consumen la cannabis son los líderes políticos, los líderes religiosos, los empresarios, los borrachos, los delincuentes, las minorías promiscuas y los artistas de la farándula. Todos ellos parecieran ser muchos, pero no lo son tanto. La secretaría de salud, las instituciones de adicciones públicas y privadas se deben hacer cargo de ellos y no confundirlos con los otros 104 millones de ciudadanos nacionales que llevan una vida de trabajo y de deseos de tener una vida tranquila y con logros personales y familiares.

 

Esta droga opera en los lugares oscuros: en los sitios de bebidas alcohólicas, en los arrabales, en los hoteles; en las casas de los hogares destruidos donde no hay respeto hacia los hijos; en la vida nocturna; en aposentos con crucifijos y en residencias. Pero, lo repito, constituyen un porcentaje mínimo que no justifica su difusión en centros educativos donde los niños y adolescentes tienen metas más importantes que escuchar de sus maestros mensajes de sustancias alucinógenas.

 

La educación no puede estar enfocada a formar líderes exitosos, entendiendo por éxito la obtención de dinero y lujos en grandes cantidades, esas son metas de mercaderes inseguros y con problemas psiquiátricos. La meta de la educación es formar generaciones de niños y jóvenes felices, que conozcan el amor, que formen una familia y que triunfen en lo que les gusta hacer.

 

Fuera los mensajes de drogadicción de las escuelas, que no impregnen la mente de los niños con esos mensajes. Si la educación es el fin último de la niñez que no corrompa con enseñanzas estériles la mente de la infancia.

 

El 5.7 por ciento de la población consumidora de enervantes no tiene derecho a pedir la legalización de la marihuana en la vida pública del país. El gobierno puede escucharlos, pero no tiene derecho a formular iniciativas a favor de su legalización. Los políticos que la fuman son quienes la promueven.

 

Para lo único que sirve la marihuana es para el tratamiento del reumatismo, eso siempre se ha sabido. Existen cinco o seis fármacos a base de esta hierba con la que tratan enfermedades raras. Pero aparte de eso no sirve para otra cosa, sino para embrutecer la conciencia. Los científicos que experimentan con ella han llegado a la conclusión de que es una planta “prometedora”, y nada más.

 

No a las vociferaciones de los viciosos. No al mal ejemplo a los niños y a la juventud. No al humo de esta sustancia en los hogares y a la vista de los hijos. Los que quieran intoxicarse que se vayan al fin del mundo y a los desiertos.

 

En estadísticas de un reporte de la ONU los países con más consumidores son los siguientes: Islandia con el 18.3 por ciento de su población; EEUU, 14.8 por ciento; Nueva Zelanda, 14.6 por ciento; Nigeria, 14.3 por ciento y Canadá con el 12.2 por ciento de su población.

 

En México los estados que más consumen son Baja California, Baja California Sur, Sonora y Sinaloa con el 2.3 por ciento de su población. Le siguen Nuevo León, Tamaulipas, San Luis Potosí con el 1.9 por ciento de su población y la Ciudad de México con el 1.5 por ciento.

 

Hay quienes hacen una tormenta en un vaso de agua y esos son los consumidores, y los políticos a quienes les gustan los enervantes y lo llevan a las tribunas públicas de máxima responsabilidad. Lamento que esto sea así.

 

Primero la vida y la salud de los niños y adolescentes, de último los adultos con problemas psiquiátricos. Primero los horizontes de alto espíritu que los gustos repugnantes de un puñado de ciudadanos. Primero está el amor y la felicidad y no el éxito económico que promueven los líderes políticos. Sí al arte y la cultura y no a la marihuana.

 

 

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