EL RACISMO

 

 

 

El racismo es el desprecio hacia otras razas o clases sociales, porque se tiene la idea que por poseer ciertas características personales se es superior a los demás. La historia consigna episodios raciales que desembocaron en guerras dolorosas para los pueblos.

Se puede recordar la presencia de los británicos en la India, la conquista española en los pueblos latinoamericanos, la venta de personas negras africanas en la historia de los Estados Unidos y el holocausto judío en manos del nazismo alemán.

En la actualidad en la Unión Americana y algunos países europeos se da el fenómeno de la migración de indocumentados que enfrentan leyes con algunas características de racismo que tienen el afán de controlar esta migración masiva.

Es difícil contener los impulsos psicológicos de esta motivación de la personalidad de los distintos pueblos del mundo, pero es claro que todos coinciden en que las leyes legisladas deben estar exentas de estos prejuicios.

En la Organización de las Naciones Unidas y otros foros internacionales se levanta la voz para que los estigmas sociales, entre ellos el racismo, no impidan el sano desarrollo de la convivencia armoniosa por parte de todos los países del orbe.

Se vive en un mundo globalizado donde las relaciones de cordialidad entre las diversas naciones se estrechan día a día y, por ende, es necesario que las buenas relaciones prevalezcan para vivir con decoro al intercambio de experiencias políticas, sociales, económicas y culturales.

Hay una diversidad en las características de cada región del mundo a la que es necesario darle el respeto justo. Hay muchas diferencias, pero ante todo, se considera la importancia de las aportaciones que cada pueblo hace.

Hay quienes aportan industria, otros tecnología, otros producción agrícola; también hay quienes dan de su economía próspera; a algunos se les reconoce por su eficiencia, a otros por aportes en la ciencia y la cultura, en fin que cada quien da de lo que su historia y su gente han podido hacer fructífero.

Pero ante todo hay que reconocer que, aunque diferentes, cada pueblo tiene sus propios dones, unos más unos menos, pero todos son importantes y juegan un papel fundamental en el orden mundial.

Extinguir los rencores personales y colectivos es parte de los objetivos de los gobernantes para que los pueblos vivan en armonía y se estreche el intercambio de actividades de todo orden en sus relaciones.

La superioridad de un pueblo se demuestra por su capacidad de ser razonable, por el desarrollo de sus aptitudes que permita evolucionar a la prosperidad y al éxito de sus gentes. Se lucha cada día para ser mejores, no para ser irascibles, tercos y sin control.

Se levanta el sol en el cielo de todo el mundo con el propósito de que en toda actividad se realicen las negociaciones necesarias y al término se saluden con afecto los firmantes en igualdad de condiciones.

La superioridad de un pueblo se demuestra en su capacidad de reconocer las diferencias y, aún así,  poder convivir en un mundo globalizado donde se necesita del respeto mutuo para que nuestros hijos y las generaciones venideras puedan disfrutar de las ventajas que ofrece el siglo XXI y los subsiguientes.

Está claro que el racismo y los prejuicios raciales no son el camino por donde los pueblos pueden ser más prósperos y felices, se necesita de la alegría de vivir y de ser mejores día a día. Con amor en el corazón todos podemos desembocar en el éxito y el triunfo.