CANSADA DE MORIR A CADA INSTANTE

 

  

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César Alejandro Caamal Gutiérrez

 

            Síntesis narrativa: Amelia es golpeada por su esposo, padece sus infidelidades, su hijo muere en un accidente automovilístico y finalmente es ingresada a un manicomio donde muere después de tener una visión de su hijo que le dice: no viviste en vano.

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No podía parar de llorar, estaba viviendo en un verdadero infierno, aunque en sus ojos no se podía apreciar más que lágrimas y odio Amelia seguía viva.

Recordaba el omento glorioso del día en que se conoció mirándose al espejo, “vivía pegada a mi infancia”, expresaba llorando. Toda su vida pasó en un instante frente a sus ojos aunque ella no lo creyera, estaba empeñada en empezar a vivir aunque la edad le doblaba las energías.

Sentada en una banca del lugar en que sobrevivía su memoria la traicionaba haciéndole recordar lo que en su matrimonio vivió.

Amelia no recordaba las flores ni las serenatas que de noche su apuesto enamorado le llevaba hasta su balcón. Esos eran recuerdos que bastantes heridas borraron a pulso dejando solamente el verdadero amor que aquel gallardo caballero le demostraba con golpes y humillaciones en casa.

A sus setenta años Amelia sentía aún ese dolor que le talaba los huesos.

Recordando con alegría las viejas glorias, decía la pobre viejita, al momento en que las lágrimas se resbalaban por sus arrugadas mejillas mintiendo para quedar bien como era su costumbre.

Por más que ella quería no podía olvidar el día de su boda, toda mujer cree que nunca llegará a olvidar el feliz y grandioso día de su boda, y eso es rotundamente verdadero. Ella juró amor eterno ante Dios.

Todo ese tiempo fueron mieles para ella y para el digno esposo que ella se merecía. La luna de miel no le tardó, no esperaba más que amor, qué ilusa e ingenua se sentía en ese momento.

“Josué fue la mejor elección que pudo haber tomado Amelia, es lo mejor que le ha pasado”, decía la madre de Amelia a sus vecinas y ellas como ovejas le seguían diciendo que sí, pero la verdad estaba a punto de salir.

Después de un buen sexo Amelia ya no le servía, ya solamente era su amante y no su esposa, justo en el momento en que Amelia ya empezaba a creer su papel de esposa querida.

Todo el teatrito de los esposos no tardó mucho, el telón se cerró en el momento en que los celos y la doble cara de Josué empezaron a hacer gala de presencia.

Desde ese momento la vida de Amelia dio un giro de trescientos sesenta grados, ella estaba acostumbrada a ver los golpes y celos que su papá le hacía pasar a su mamá, pero nunca imaginó que ella correría con el mismo destino de humillación.

A parte de recordar su fallido matrimonio Amelia recordaba las noches en que se quemaba las pestañas estudiando para sus exámenes de filosofía en la universidad, todo para llegar a ser la primera de su generación en titularse en la carrera de Filosofía y Letras. Esos sí eran los buenos tiempos para esa desdichada mujer, pero lo bueno fácil viene y fácil se va.

Luego de casarse con Josué, Amelia pensaba trabajar para hacer más grande la casa donde vivía aún felizmente casada, pero la mentalidad de su querido esposo era otra, todos en la familia habían descubierto que Josué solamente se casó por sexo, placer y dinero, menos Amelia.

Josué consiguió su cometido, claro, a base de insultos, humillaciones y falsedades, pero al fin y al cabo consiguió que Amelia aceptara tener un hijo con él, no porque fuese un sacrificio sino que fue de mala gana.

Amelia recordaba con felicidad su embarazo, aunque se entristecía y enojaba cuando veía las marcas de tantos correazos que Josué le daba por todos sus ataques de celos, no eran los mejores recuerdos, pero eran los únicos.

Toda la vida se la había pasado entre la espada y la pared, amando y odiando a su esposo, mirándolo a los ojos al recibir golpiza tras golpiza y bajando la mirada al decirles a sus padres que esa relación de esposos amorosos iba para nunca terminar.

“Me sentía como un gusano”, decía Amelia al tener sus terapias secretas con su psicólogo. Nunca entendió por qué seguía sufriendo esas vejaciones, su eterna respuesta era: “yo lo hago por mi hijo, no quiero que crezca sin padre o que lo legue a odiar”. Tal vez se engañaba, pero le importaba más el qué dirán de la gente que la estabilidad emocional de su hijo.

“Nunca pensé que terminaría como un indefenso canario en una jaula con un gato de guardián, y tan bueno que era antes de casarnos”, eran los eternos pensamientos de esa mujer castigada por su propio amor.

Amelia soñaba con aventurarse con su esposo antes de tener hijos, luego trabajar, pero esos no eran los planes de su esposo, luego del hijo a trabajar, y cuidado con voltear a ver a otro hombre le decía el esposo aventurero, pero celoso.

Amelia siempre había recordado el momento en que ella consiguió el trabajo de maestra de filosofía en una preparatoria de prestigio, Amelia era hermosa, más bella al natural que con maquillaje, tanto que el rector del plantel se llegó a fijar en ella.

Gustavo era el rector, para colmo él era vecino del pueblo donde vivía Josué, lo conocía a la perfección ya que fue su amigo y compañero de clases aparte de haber sido su vecino.

Una tarde en la que ella tuvo que entregar un informe al rector, quitado de la pena Gustavo le preguntó:

-¿Por qué te casaste con Josué?, su madre es una persona bellísima y buena, pero él no.

Amelia no pudo contestar, porque sabía que Gustavo decía la verdad, pero su orgullo le hizo mentir:

-Porque lo amor- respondió.

Amelia sabía que Gustavo notó que ella mentía, pero logró sacarse un peso de encima, aunque ella no sabía cual.

Los años pasaron, para Amelia recibir golpizas, humillaciones, infidelidades y otras cosas se le hicieron el pan de cada día, se había acostumbrado a ese estilo de vida, se había resignado, sólo esperaba la muerte, cualquiera, no le importaba si Josué moría primero o ella, pero Amelia no vivía solamente existía.

La mañana del 22 de septiembre de un año olvidado como de costumbre de sábado Amelia se disponía a lavar la ropa que Josué le amontonaba en el cesto, vio que en una de sus camisas un boleto de autobús con destino a Guadalajara para dos personas acusaba una infidelidad. Por más que ella quería sacarlo a la luz no podía ya que de contestación solamente recibiría una paliza se lo calló aunque le hubiese gustado ver la cara cínica de su marido al ser descubierto, cosa que pasaría rápido ya que las respuestas inmediatas de Josué eran los golpes a puño cerrado directamente a las mejillas.

Ya la feliz familia disfuncional estaba cayendo poco a poco en pedazos, los llantos de Amelia se fueron cambiando por suspiros de esperanzas y las golpizas de Josué se volvieron ausencias e infidelidades, mientras que Oscar crecía sin que sus padres se dieran cuenta de lo que sucedía con él.

Oscar era el único hijo que Amelia aceptó tener con Josué que sólo lo quería para poder ganar la herencia de los padres de Amelia, no quería más con ella. Desde que su vida se arruinó en una batalla de dos de tres caídas desapareció su instinto maternal dejando a Oscar en medio de una jauría de lobos que ni siquiera lo volteaban a ver.

El pobre chico creció rodeado de lujos pero no de amor, atención y cariño, cosa que dejó un estigma en su alma. Al llegar a la adolescencia era todo menos responsable, cuidadoso y mucho menos obediente, se la pasaba en la calle con su grupito de amigos que no le enseñaban nada que lo hiciera llegar a la universidad. A los 17 años ya tenía un coche que fue regalo de su papá, que le sirvió de soborno ya que él vio cómo le propinaban una buena paliza a su madre y claro su silencio era demasiado caro.

A su edad fumaba, tomaba y se drogaba, manejaba con sus cervezas encima y por gracia de Dios siempre llegaba con bien a su casa. Oscar había aprendido a vivir con su realidad, sabía que su madre era una víctima y su padre un infiel, pero nunca lo había presenciado.

La noche del 10 de mayo Amelia se fue a pasar el día en casa de su madre , a manera de salvación puso millones de excusas para poder quedarse a dormir allá y librarse de una noche de eterna humillación, Josué sabía que lo haría y como de costumbre llamó a una de las prostitutas que se pasean por la Condesa, pero se le olvidó por completo la presencia de su hijo.

Oscar llegó muy campante a su casa a las 12 de la noche, era de las personas que les parece una cursilería dar regalos en días festivos y más a su mamá, lo primero que hizo fue ir al cuarto de su papá para avisar que había llegado, para su sorpresa encontró al infiel de su padre con una lagartona, Oscar no dijo nada, pero en sus ojos decía todo lo que tenía guardado desde que tenía uso de razón, lo único que hizo fue salir corriendo a la cochera, tomó sus llaves y con todo el coraje y resentimiento que cargaba salió disparado hacia cualquier lugar mientras que esté solo y lejos.

Oscar llevaba unas copas encima, aparte de odios, rencores y sentimientos encontrados, manejaba a 120 por hora y como era de esperarse chocó.

La sorpresa vino a caer a la mañana siguiente cuando a Amelia la policía le avisó en casa de su madre, ya que Josué no los quiso atender y los mandara a casa de su suegra.

Amelia sintió dos cosas en ese momento: dolor y odio. El dolor invadió su cuerpo e hizo que de sus ojos brotaran dos lágrimas que la aliviaran mientras que el odio la comía por dentro.

Lo único que Amelia esperaba en esos momentos era un abrazo de su esposo, por un momento creyó que la muerte de su hijo serviría para que Josué abriera los ojos y se diera cuenta de que la culpa era de los dos y así empezaría a quererla más, cosa que no pasaría pero consolaba su mente.

Apenas llegó a su casa llorando le dijo a Josué lo ocurrido a su primogénito, esperaba que esto le causara tristeza, que por tanta emoción llorara o la abrazara cosa que no sucedió; lo único que los ojos de Amelia vieron fue cómo Josué sin verla se dirigió a la puerta y sin marcha atrás se fue sin decir adónde.

Amelia se quedó sin palabras, cayó de rodillas y con el rostro en el suelo lloró lo que en quince años no pudo llorar, dejando emanar todo lo que acumuló en su matrimonio fingido dejando que su única compañía fuera la sociedad.

Los meses pasaron, nadie sabía nada de Amelia ni siquiera su madre y también Amelia no quería saber nada de nadie.

Una tarde, después que las desesperaciones de Amelia pasaran y el recuerdo se había ido de su mente, Josué llegó, Amelia volvió a pensar lo peor, creyó que en verdad sus sueños se harían realidad y esta vez si la amarían.

Josué había legado en una camioneta con pintas de ambulancia, bajó con un ramo de rosas y corrió para abrazar a su desdichada mujer. Amelia no lo podía creer, aceptó las rosas y el abrazo, se dejó llevar por el momento. El corazón de Amelia latía con más fuerzas, sus rezos fueron escuchados, nunca creyó que pasaría.

Mientras los ojos de Amelia expresaban amor los de Josué solamente sentían asco. Cuando el abrazo terminó y las rosas estaban en el lecho de Amelia dos hombres de blanco bajaron de la camioneta y mientras esperaban la señal se acercaron a la casa.

Después de la taza de café Josué dio la señal y los hombres de blanco tomaron a la fuerza a esa pobre mujer, mientras ella ponía fuerza peleando con uñas y dientes para no ser atrapada, pero no pudo ser. La llevaron arrastrando por la calle a la vista de todos los vecinos.

Antes de subirla a la ambulancia bajó de ella una mujer, lo primero que Amelia pensó es que era la nueva esposa de Josué, para su sorpresa era su propia madre que la había entregado; entre llanto Amelia moría en vida y su madre era testigo de eso y para acabar de condenarla ella lo apoyaba y aceptaba.

En la ambulancia Amelia había aceptado su realidad, su voluntad ya había muerto sólo faltaba que su corazón dejara de latir para que todos sus problemas acabaran.

Al llegar a su celda Josué se despidió diciendo “es por tu bien”, aunque ella sabía que no era cierto, en cambio su madre ni siquiera la podía ver a la cara, pero no se sentía arrepentida.

La vida de Amelia ya no era vida, ella solamente respiraba, pero no sentía ni odio ni rencor ni amor.

Cada tarde Amelia se la pasaba sentada en una banca en el patio del hospital, dejó de contar los días y las horas en el momento en que su marido y su madre la abandonaron, sus recuerdos la atormentaban aunque estaban muertos.

Una tarde una sonrisa invadió el rostro de Amelia y gracias a esto ella decidió cambiar, se quitaría los zapatos y andaría descalza, sería la mujer libre que toda su vida quiso ser, dejaría de comer migajas y se comería el pastel de la vida, sería otra, cambiaría, dejaría de morir porque ya estaba cansada, cansada de morir a cada instante.

Esa noche Amelia soñó por primera vez después de 30 años. En sus sueños su hijo le dijo unas palabras que al entrar a sus oídos dolía, pero luego de un rato hacía que la alegría invadiera su ser. El le dijo:

-No viviste en vano-

Y al momento en que la felicidad absorbía su cuerpo, Amelia murió.

En el hospital nadie se había dado cuenta de que había muerto ya que acostumbraba a no salir en las mañanas y sólo comía en su cuarto, hasta que de su cuerpo empezó a emanar un aroma a flores, los doctores atraídos por su olor la vieron. En su rostro notaron una sonrisa y en su mano una nota que decía “no viví en vano”.