LA MÚSICA

 

La música suena, es la hora del crepúsculo, la noche pinta con su negro tinte los árboles, las calles, las paredes; contrasta con el rojo intenso de las luces traseras de los vehículos. La noche es paz, silencio y respiración de sombras.

La música llena la atmósfera, el alma, los recuerdos, el dolor oscuro; la violenta hora en que las campanas cantan su alarido nocturno; el ígneo instante en que el pájaro explota entre la sangre muerta.

Rojo es el color de la danza, roja la madrugada, rojas las inquietudes, rojo el corazón decapitado; cuánta soledad que muerde, cuántas lágrimas; cuánto homenaje a la sal de los dioses que custodian el fuego donde el llanto agoniza; cuánta historia.

Hoy, la mañana amaneció con el sol levantándose de la piedra de los sacrificios.

Suena el quejido de Eivor Palsdottir, la mujer rubia que se ofrenda, música europea en donde su tradición de adolorido canto se hace evidente; Faun, Hedningarna, Hagalaz Runedance, crean música medieval, tradición folclórica.

El Tai Chi de Oliver Shanti es música oriental contemporánea, música de meditación muy necesaria; Vangelis tiene armonías de paisajes cinematográficos; Salva Carrasquito tiene el folclor español; Antonio Zepeda y Jorge Reyes detentan la música prehispánica.

Ah, la música, la voz de los dioses que no duermen, castigo soberano de la deidad de los cráneos.

Suena la guitarra eléctrica, suenan las flautas de hueso, de barro y bambú; suena el dolor como música de relámpagos. Ah, la música, llena el espacio, la mente, el cuerpo, el delirio.

El silencio también es música.