REMEMBRANZAS DE LOS ROBLES DEL PUEBLO

 

   

 

José Dolores Heredia Chab

 

          Era una noche clara, tranquila; de las del mes de octubre, ya cerca de la medianoche. Los habitantes del pueblo de Hecelchakán, Campeche ya estaban dormidos, ni siquiera la luz de una vela se filtraba a través de alguna ventana.

          Las luces de la calle habían ya cumplido con su misión por esa noche y estaban apagadas debido a que en aquella época –era el año de 1934-, la luz la cortaban a las once de la noche, hora en que las luciérnagas eran más notorias por sus parpadeantes luces.

          Con mis 18 años, lleno de juventud, me gustaba mucho quedarme en el parque junto con algunos de mis amigos hasta la medianoche y, algunas veces, más allá de esa hora, solamente por el gusto de estar platicando bajo el manto estrellado de la noche que nos cubría.

          Por esta razón, ya en el umbral de la hora en que un día muere para dar paso al nacimiento de otro, me dirigí hacia mi casa caminando sobre la calle 20 y, al pasar frente a los robles, quedé extasiado ante un espectacular regalo de la naturaleza que se ofrecía a mis sentidos: la luna sonriente, con toda su esplendorosa belleza iluminaba la noche y le regalaba su luz a esa gran explanada verde situada entre la escuela primaria, el viejo convento convertido en Escuela Normal, la vetusta iglesia del pueblo, el parque “Francisco I. Madero” y los frondosos y hermosos robles que moraban en fila a lo largo y a un lado de la calle principal.

          Los rayos de la luz lunar hacían resaltar la brillantez de las gotas del rocío nocturno y lucían, cual gemas preciosas, sobre el pasto verde. En armonía con este bello conjunto de luz de luna matizado de varios colores, el cielo, con sus estrellas cintilantes contribuía a hacer la noche más bella.

          Más allá, los mismos destellos de la hermosa luna se ensortijaban en las verdes ramas de los añejos robles, formando sombras caprichosas que se mecían al vaivén de sus ramas, de sus hojas, de sus blancas y perfumadas flores; éstas acariciadas por el suave viento de la noche.

          Un poco más adelante, en el parque, que tenía columnas y cadenas rodeándolo; además de sus bancas, sus árboles y sus flores, se rompía levemente el silencio de la noche con el ligero murmullo del viento que acariciaba las coloridas hojas de los almendrones frondosos que proyectaban sus sombras. La luz de la luna que alumbraba este conjunto de almendrones daba la impresión de que sus hojas estaban pintadas de verde y rojo.

          Para agasajar más los sentidos, los azahares de los naranjos en flor perfumaban la noche. La quietud se interrumpía cuando en las torres de la vetusta iglesia, el antiguo reloj de pilón hacía tañer sus sonoras y penetrantes campanadas. Simultáneamente, a lo lejos, se oía el melodioso y dulce sonido de una guitarra que acompañaba a un trovador que le cantaba a una ingrata y decía: “Nadie comprende lo que sufro yo...” En la noche el eco repetía este lamento y el trovador continuaba: “tanto que ya no puedo sollozar”.

          Todo este conjunto de acontecimientos se entrelazaban tejiendo un espectáculo sin par para la vista y todos los sentidos, esto invitaba a la contemplación, sintiéndose el alma transportada a soñar para llenarse de ilusiones y de esperanzas.

          Hoy, cuando voy a Hecelchakán, pasan por mi mente todos estos bellos recuerdos y me pregunto: ¿dónde están esos añejos robles que me cobijaron con su sombra y me regalaron el perfume de sus flores? Ellos vieron transitar bajo sus verdes ramas a algunas generaciones; oyeron sus penas, sus alegrías, supieron de sus amores y también disfrutaron en las noches las melodiosas serenatas que los jóvenes ofrecían a su amada.

          ¿Dónde están esos frondosos robles que cobijaron los nidos de los pájaros, que también los alimentaban con sus frutos y, en recompensa, los pájaros desde las ramas les cantaban durante el crepúsculo?

          Esos robles que me oyeron musitar mis cuitas, mis ambiciones y mis esperanzas, ¿por qué no están?

          Y los almendros del parque que daban sombra y que nos agasajaban con el exquisito sabor de sus frutos, ¿dónde están? Dulces recuerdos de esos coloridos almendros que adornaban el parque. Bajo sus ramas andábamos, tanto mis amigos como yo, recreándonos de la hermosura de las noches y, una que otra vez, alegrándonos la vista con las muchachas que paseaban por el parque.

          También, qué tristeza, ya no están muchos de mis amigos y contemporáneos de los que tengo en mis recuerdos, en este caso me callo y no pregunto. ¿Dónde están? Porque han transcurrido tantas primaveras y ellos se han ausentado de esta vida y le han pagado su tributo a la tierra; sin embargo, cuando estoy caminando por distintos lugares de este pueblo, con mi imaginación los veo como si el implacable tiempo no hubiese pasado.

          Qué contraste hay en el hecho de recordar. En él se albergan todos los sentimientos que un ser humano puede sentir, cerrar los ojos y retroceder en el tiempo, para nuevamente vivir como en un sueño lo pasado, para revivir el cariño por los lugares donde uno nació y sentir nuevamente el afecto y el amor por todos los seres que fueron parte de nuestra vida.

 

México, D.F., mayo de 1998.

 

Fuente: Conservamos el amor por ti, Hecelchakán/José Dolores Heredia Chab. H. Ayuntamiento de Hecelchakán, primera edición 2000 siendo presidente municipal Ing. Juan Manuel Melken Díaz, 92 Págs. Fotografías del Profr. Jorge Euán Tay y Don Eliseo Tamay Koh.