COSTUMBRES

 

 

 

José Dolores Heredia Chab

Primera de tres partes

 

La calle principal del pueblo era la 20. Esta atravesaba la población de norte a sur. En la primera cuadra de esta calle, por el lado norte y yendo hacia el sur, sólo había dos casas; por la parte de la acera derecha estaba la casa de don Arturo Pérez y enfrente de ésta la de don Carlos Hernández.

Por el año 1929, frente a estas casas se formaba un gran charco, tanto así, que parecía una aguada como ésas que hay en el campo. En la mañana cuando empezaba a brillar el sol, sobre esta agua turbia revoloteaban las mariposas de diversos colores; las más bonitas eran las llamadas “chayas”, que eran mayormente negras y salpicadas con otros colores.

A algunos niños les gustaba atrapar estos insectos lepidópteros usando para ello un sombrero, pero otros, empleaban una forma menos civilizada, las mataban con alguna rama seca de algún arbusto. Esto no sólo pasaba en una calle sino en varias de la población.

 

 

LAS LLUVIAS

 

Las lluvias que cayeron durante esa temporada fueron tan fuertes que cuando escampaba y se tenía la necesidad de salir a la calle y atravesarla de un lado a otro, había que meterse al agua, pues quedaban muy anegadas. Estos charcos que se formaban eran insalubres, generaban nubes de mosquitos que moletaban con su agudo zumbido y cuando picaban a la gente y le chupaban la sangre eran muy dañinos, pues transmitían enfermedades como el paludismo.

En esa época las calles eran de tierra y piedras, y en muchas de ellas no habían escarpas o banquetas para caminar sin mojarse el calzado y los pies.

El agua que se consumía para el servicio de la casa era de pozo y en muchas la usaban para beber, pues casi todas tenían en su patio su propio pozo. Esto le daba gran importancia a la temporada de lluvias, pues el agua que caía era más ligera y de mejor sabor que la de pozo. Mucha gente tenía manera de juntarla en su casa y así lo hacía, pues de lo contrario tenía que comprarla ya que se prefería para tomar. Por algunas calles del pueblo andaban personas vendiendo agua de lluvia a domicilio que previamente había sido encargada.

¿Cómo se captaba el agua de la lluvia? Muchas casas de mampostería tenían en el patio su aljibe o cisterna en donde la recibían al caer de la azotea por medio de unas gruesas tuberías de lámina.

Como medida de higiene, antes de que llegara la temporada de lluvias se barría y se lechaba con agua de cal o se pintaban las azoteas; también se lavaban y se pintaban los aljibes.

En las casas con techo de lámina también era posible instalar una cañería para captar el agua de lluvia en recipientes, como tambores metálicos o en pilas de mampostería. En las casas con techo de guano no se podía usar el agua pues se ensuciaba con la palma y el agua salía manchada.

Otras casas de mampostería o de techos de láminas que no tenían instalación para captar este líquido, lo descargaban a la calle o al patio por medio de unos canales de piedra o de lámina que estaban empotradas al techo. A los niños y adolescentes les gustaba bañarse bajo el chorro de agua que caía de estos canales durante la lluvia.

 

EL MAÍZ

 

Cuando las lluvias eran muy vastas había bonanza en el pueblo pues se lograban mejor las cosechas.

Cuando las lluvias eran torrenciales se beneficiaba la agricultura y por consecuencia a los agricultores, sobre todo a los que se dedicaban a la milpa porque se tenía un buen rendimiento en la cosecha. Entonces había mucho maíz, no sólo para el consumo local, sino para los comerciantes que se dedicaban a la compraventa de este grano y podían mandar toneladas fuera del pueblo. Esto generaba dinero y se activaba la economía del lugar, creando como consecuencia bienestar.

El maíz ha sido reconocido como uno de los alimentos básicos de este pueblo. En la milpa, cuando el maíz se lograba y la mazorca ya casi empezaba a lograrse, se comía el elote sancochado (chacbinal) o cocido bajo la tierra como se hace la barbacoa (pibinal), en tortilla (ishuá) y en atole nuevo.

Cuando la mazorca ya estaba seca se procedía a quitarle las hojas y luego a desgranarlo; entonces el maíz ya estaba listo para hacer la masa de la tortlla, el pozole y otros usos en la alimentación. También se alimentaba con maíz a las gallinas, a los caballos, a los cochinos y a otros animales.

Cuando la madre naturaleza se negaba a dar suficientes lluvias pero sí mucho sol, esto originaba sequía, tanta que esta situación se convertía en una verdadera tragedia, pues las cosechas de maíz en general se perdían. Además, muchos milperos sembraban frijol que también se perdía. Escasamente una que otra milpa se lograba pero con muy bajo rendimiento.

A casi el 90 por ciento de los habitantes del lugar que se dedicaban a la agricultura esta sequía los afectaba considerablemente. Como consecuencia había pobreza y escasez de maíz, a grado tal que la necesidad de este grano hacía que las personas buscaran de casa en casa, a ver si en alguna de ellas había este grano almacenado, proveniente de la cosecha anterior.

Si había se vendía por almud (medida de 3.5 kilos) al doble de su precio normal y se limitaba la cantidad de venta.

Cuando la escasez era muy rigurosa, los comerciantes para afrontar la situación traían para su venta un maíz argentino más grande que el nuestro, muy parecido a un diente de berraco y que no era de muy buena calidad, pero no había otra salida se tenía que consumir. Lo caro del producto afectaba más la economía de la gente de escasos recursos.

Siguiendo con el tema de este bendito alimento que es el maíz y sus problemas de escasez, eventualmente se presentaba una desgracia como la de una mañana cuando la gente estaba muy alarmada porque se decía que la langosta estaba acercándose a la localidad. Efectivamente, ya cerca del mediodía se vieron venir nubes de estos devastadores insectos, eran tantos que hasta tapaban la luz del sol. Llegaban a caer sobre los árboles frutales dejándolos totalmente sin hojas. Esto mismo sucedía en las milpas perdiéndose las cosechas. Ese año la falta de maíz y de otros alimentos vegetales fue muy crítica a causa de la sequía y de la langosta.

 

Fuente: Conservamos el amor por ti, Hecelchakán/José Dolores Heredia Chab. Primera edición 2000, 93 Págs.

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