EL PADRE AGUILAR RAIGOZA


 

 

     Fue presbítero de la iglesia de San Román hasta el 13 de julio de 2002 cuando la oscuridad de la muerte aletargó para siempre su vida. El 12 de julio de 2003, a un año de su fallecimiento, hubiera cumplido 50 años de servicio sacerdotal. Fue Don Pedro Zenón Aguilar Raigoza, espíritu consagrado al servicio de Cristo y a procurar el bienestar de sus feligreses.

Nació, en palabras de Armando José Rosado Cel, en la costeña Villa de Seybaplaya, lugar rico en charales y otras especies marinas, cocales verdosos, cayucos de pescadores y bajo el abrasador sol de un 25 de junio de 1928, en un católico y sencillo hogar formado por don Pedro Aguilar Rivas y doña Dolores Raigoza de Aguilar.

Después de consagrarse al ministerio de las sagradas escrituras desarrolló su primer año y medio de servicio como Vicario de la Catedral. Posteriormente fue nombrado párroco de Escárcega donde predicó las bienaventuranzas de los evangelios durante 14 años. Desde San Dimas hasta Candelaria esparció las parábolas, profecías y milagros que la Biblia Contiene. Seguramente lo recordarán muchos pobladores de esta región.

En 1969 monseñor Jesús García Ayala lo trasladó a la parroquia San Francisco de Asís de la ciudad de Hecelchakán donde permaneció también durante 14 años. En este lugar presidió las fiestas tradicionales y los novenarios en honor al Santo Cristo de la Salud. Muchos de sus habitantes lo convidaban a departir sus alimentos y a pasar un momento de grata compañía en sus hogares. Como suele suceder cuando se conoció la noticia de su cambio a Campeche, los feligreses no se resignaban a su partida.

En 1997 el obispo José Luis Amescua Melgoza lo nombró director espiritual de los alumnos del Seminario Mayor. A partir de esta fecha también fue capellán de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, también capellán de las Franciscanas de la Tercera Orden y coordinador del Consejo Presbiteral del señor obispo.

De la etapa final de su vida, Armando José Rosado Cel, dice: “Conviví en el seminario con él durante los dos últimos años de su vida. Lo vimos siempre alegre y optimista, aún en los momentos en que ya sus enfermedades y dolencias le causaban mucho sufrimiento físico: era un hombre piadoso y de mucha oración. Don Meter, como cariñosamente lo llamábamos, nos dio muchos ejemplos con sus actos modestos y silenciosos. Nos dejó, sobre todo, este gran ejemplo y motivación: “Todavía en este tiempo, siglo XXI, vale la pena entregarse y desgastarse hasta la última gota de energía en el servicio a Dios a través de los hermanos”.

 

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