¡CUÁNTO TALENTO!

 

 

 

Cuánto talento natural en tu prodigiosa pluma adolescente. Así definiría la habilidad literaria de Blanca Uc Martínez, estudiante de preparatoria de 15 años. Inspirada y auténtica escritora que plasma escenas dramáticas y descripciones de la naturaleza. Ella dice:

-He leído desde muy pequeña y últimamente leo más, a partir de que gané un concurso de cuentos históricos. No sabía de mi talento y fue una revelación a partir de que gané ese concurso. Escribo como un hobby y me desahogo. Plasmo todo lo que pienso, lo que resulta lo someto a una revisión para pulir las ideas y surge el cuento terminado.

Algo muy importante -continúa- es que debes escribir lo que piensas sin importar lo que va a decir el otro, escribo cuando estoy inspirada, en mis ratos libres, cuando tengo ganas.

Algo que valoro es lo que me dijo mi maestra asesora, Silvia María Caamal Poot, expresó que lo que yo hago no es habilidad sino lo considera como un arte, y eso es muy halagador para mí sobre todo que fue muy elocuente ya que es conocedora del tema. Mi mamá lee lo que yo escribo y está muy orgullosa de lo que hago.

Enseguida se transcribe su cuento “Una buena razón para morir”:

Recuerdo que todo comenzó en un amanecer en Torreón, de esos que tanto me gustaba mirar mientras alimentaba los caballos de los jefes, aquel bendito amanecer cuando el sereno era evaporado por los rayos del sol; recuerdo cómo el verde zacate brillaba mojado por las finas gotas de rocío caídas durante la noche.

Observé el cielo mientras le daba unas palmadas en el lomo al caballo del general, el clima parecía un poco nublado y más frío de lo común, pensé que significaban buenas noticias, puesto que los hombres tenían que estar frescos para la batalla y, después de todo, no había tanto frío como para quejarse.

Escuché ruido de cascos acercarse torpemente y pronto vi las figuras de los generales junto a mí. Era la hora, ese era el momento de partir. Me aparté de ellos un poco cohibido cuando los hombres conversaban entre sí, lucían animados, demasiado confiados de los que podría pasar; oí cuando Villa le decía jovialmente a Felipe Ángeles –espero que esta pelea la ganen sus cañones- y entonces Ángeles sonrió con entusiasmo, como si se tratara de una animada plática entre un padre y su hijo.

A las 8:00 am salió el primer tren con armamento hacia Zacatecas, nuestro vagón arribó como a las 11 de la mañana, viajar en tren siempre me había gustado, el aire suave que acariciaba mi piel me daba una sensación de libertad, ver las extensas nopaleras quedarse atrás, los largos campos verdes de los cultivos de las haciendas, y en otros lugares los eternos matorrales llenos de maleza o completamente desérticos.

Apoyaba mi cabeza contra la ventana mientras aceitaba la carabina de Rufino quien roncaba estruendosamente a mi lado, viejo ruidoso pensé al mirar su encorvada figura dormir pacíficamente. Y, bueno, era momento de disfrutar la rica sensación que me gustaba de los trenes, ya que pronto llegaríamos a nuestro destino y, esta vez, nuestro destino no era otro más que la muerte.

Cuando por fin llegamos a Zacatecas, esa vieja ciudad colonial que era el último bastión huertista que quedaba y por tanto era necesario destruir, la tensión fue inmensa, la lluvia caía helada sobre nosotros, recuerdo a los hombres gritar las órdenes en voz muy alta, a los jefes comenzar a poner en marcha su plan sin borrar esa fantasiosa sonrisa de sus rostros, la confianza era su fuerte, puedo afirmar que estaban tan seguros de ganar, como que el sol saldría después de aquella tormenta.

El 23 de junio de 1914 todo el mundo se levantó temprano, a decir verdad yo ni siquiera pude pegar el ojo en toda la noche, era imposible no temblar de miedo al enfrentarme a mi primera batalla.

-Tranquilo muchacho- me sonrió Rufino, ese viejo y demacrado hombre que la muerte parecía ya no importarle demasiado, pero que desde hacía unos meses lo había querido casi como a un padre, Rufino, lo único que me gustaba de él físicamente aparte de su transparente mirada, era su bigote.

Le asentí con la cabeza mientras salía de la carpa y sentía el viento helado azotarme la cara, caminé hacia la fogata que se encontraba sólo a unos metros, donde varios soldados se apiñaban para obtener un poco de su calor. Miré el cielo y descubrí que afirmativamente el sol había salido después de la tormenta ¿sería posible ganar también?...o al menos no morir.

Era el momento, debía plasmar ese cielo tan azul en mis ojos y jamás olvidarlo, porque pronto se teñiría de rojo.

¡BUM! ¡CRASH! ¡PAM! ¡Dispara el cañón, dispara! En ese instante estaba escondido detrás de una roca, literalmente. Cuando Villa colocó posiciones me pegué a Rufino como una temblorosa garrapata, entonces decidieron que yo estaría bien en su artillería. El viejo se encargaba de domar el cañón, mientras yo intentaba de todas las formas disparar un rifle.

-¡Dispara muchacho inútil!- rugía el que hasta hacía unas horas me había parecido un débil anciano.

Moví con torpeza mis dedos hasta alcanzar el gatillo, sentía el calor correr por mi cara y mezclarse con la tierra que me cubría, disparé una y otra vez ajeno a mis sentimientos, sabía que tenía que decidir entre su muerte y la mía, y no era una elección tan difícil.

Éramos 2 mil 200 hombres solo de la División del Norte, todos repartidos en el terreno según la estrategia de Ángeles, en mi grupo habíamos cinco, un cañonero y los demás armados con rifles y bombas. El ruido era espantoso entre los estallidos de cañones, granadas, los relinchidos de caballos asustados y alaridos de muerte, a mí se me ponía la piel china, pero una vez más intentaba ignorarlo y pensar que todo aquello era por el bien de todos.

Intentaba mirar sólo dos objetivos, a los huertistas y a mi padre Rufino, quien en ese momento parecía tan solo un jovenzuelo de 30 años, con bigote chistoso, enorme sombrero y huaraches sucios “ignóralo Lucio, ignóralo todo y sólo resiste” me decía a mí mismo una y otra vez.

¡Apunta, fuego! Grito alguien al lado mío. Lo siguiente ocurrió tan lentamente al menos desde mis ojos que no fui capaz de olvidarlo el resto de mi vida.

¡BOOM! El cañón que dispararía Rufino explotó en frente de él, todo voló en pedazos, sin embargo esa fracción de segundo me alcanzó para ver cómo aquella bomba descuartizaba a mi padre, su rostro demacrado y serio antes de morir hecho pedazos y su última mirada que no fue para otro sino para mí.

Caí de espaldas sintiendo la sangre correr caliente sobre mi hombro y mi pecho, por alguna razón no me importó mi propio dolor físico, corrí entre balas de rifles y la pólvora en el aire hasta llegar al cadáver de quien había sido como mi padre. Su rostro viejo bañado de rojo, su cuerpo flaco y huesudo inerte. Las lágrimas fueron mi único refugio entonces. Abracé los restos de mi viejo y sin importarme las manos que jalaban de mí, ni los gritos de mi nombre alrededor. El tiempo parecía sólo mío con mi despedida, olvidaba que estaba en medio de una guerra.

Villa y Ángeles se acercaron hasta nosotros, levanté el rostro y miré con odio a los generales, pensé que todo era su culpa, de ellos y de esa maldita batalla, entonces Ángeles gritó a todo el mundo –Aquí no ha pasado nada, tenemos que seguir sin descanso, algunos tienen que morir para que nosotros no muramos ¡fuego sin interrupción!

Entonces los hombres levantaron las escopetas mientras aullaban vítores para continuar con su lucha, todos excepto yo, quien en ese momento permanecía hincado sobre Rufino. Villa me miró de reojo y entonces me dijo “los muertos son parte del ritual de la guerra”, se quitó el sombrero para hacer un ligero gesto con la cabeza y entonces cabalgó desapareciendo en el humo.

En ese momento aprendí lo que Rufino me contaba en sus historias, esas que tanto me gustaba escuchar al lado de una fogata crepitante, se burlaba de mi cobardía y mi poca utilidad para disparar un arma, y más cuando un humano era el objetivo. El me decía que yo era muy joven para crecer entre sangre y muerte, pero que algún día conocería mi propio motivo por el cual luchar y cuando eso sucediera todo dejaría de importarme con tal de alcanzarlo “lo sentirás correr por tu sangre, será como una voz en tu cabeza que te guiará”.

El viejo contaba que su motivo no era solamente suyo, sino de todo un pueblo enardecido y ansioso por la libertad y derechos. Cuando todo un país se cansó de humillaciones y atropellos, de comodidades para unos y miseria para la mayoría, cuando se cansó de la esclavitud, la pobreza y la opresión…todo explotó.

Las lágrimas no dejaban de resbalar por mi rostro, pero claramente pude sentir que mi sangre comenzaba a hervir, tomé mi rifle bruscamente y salí al campo de fuego, me eché a correr perdiéndome entre la densa nube de pólvora.

Veía a los huertistas aterrorizados, disparaba el gatillo una y otra vez mientras que en mi mente sólo observaba a mi madre y mis hermanas abusadas por el patrón de mi antigua hacienda, a mi padre asesinado, a quien ni siquiera conocí, a mis hermanos azotados y muertos y a Rufino con su cuerpo pequeño volando por culpa de un cañón.

Mientras corría a través del fuego cruzado pensaba que pronto terminaría y al fin podría reunirme con mi gente, ya sea en esta vida o la siguiente. Qué bonito sería volver a comer los frijoles que cocinaba mi madre, ver las sonrisas hermosas de mis hermanas o escuchar de nuevo las interminables historias de Rufino y también reencontrarme con mi padre, el momento estaba próximo, algo me lo decía.

Vi a un huertista correr desesperado mirando hacia todas partes hasta que sus ojos tropezaron con uno de los nuestros, Juan Zavala, lo conocía porque era un borracho sin remedio, lo iban a matar. Rápidamente apreté el gatillo y la vida del huertista se esfumó.

En ese mismo momento sentí una bala atravesar mi cuerpo sin piedad, una sonrisa se dibujó en mi rostro, todo terminaría por fin “gracias virgencita” pensaba mientras caía al suelo con el rifle a un lado. Volvería a ver a mi padre, a Rufino, escucharía sus historias, tal vez pasaría mucho tiempo para volver a ver a mi madre y mis hermanas, jamás tendría una familia y unos hijos para amar.

Sabía que esto que había vivido serviría como un granito de arena que ayudaría a construir esa nación por la que todos entregábamos la vida,  cuando la libertad fuera nuestra bandera y la niebla de la ignorancia se disipara por fin.

Los estruendosos ruidos de la batalla ahora parecían como susurros imperceptibles…dejé de ver y sólo aprecié una blanca luz que llenaba mi cuerpo de un calor abrazador…todo dejaba de existir…ya no escuchaba nada salvo el silencio de mi cabeza…nada, salvo el silencio de la muerte.